sábado, 26 de junio de 2010

A mis bastardos punkies.

"el anillo en el dedo gordo" x 20 =canción?

Sí, ayer asistí a un conciert punk.

El espectáculo fue patético, el paisaje de la juventud reunida, desalentador.

Si por alguna coincidéncia inesperadas alguno de los asistentes me leyera, quisiera deciros dos cosas.

Uno. Amor para todos, Gilipollas.

Dos. Buscaros un guía espiritual.

Yo os presto uno de los míos. El discurso de la ceremonia fin de curso en la univesidad Brandeis en el 89 con autoría de E.L.Doctorow.

-Ceremonia de fin de curso-

(…) se me ha conferido el honor de ser invitado a dirigiros la palabra, a mi, que no soy un político sino escritor, un novelista que cuenta, quisiera suponerlo, entre los "legisladores no reconocidos del mundo" según la frase de Shelley –los especialistas en literatura ya lo sabéis-, no reconocidos como los poetas, como los artistas, de hecho, los irremediables legisladores de la conciencia creada que a partir de la luchas de sus propias mentes crean poemas y relatos que contribuyen a la formación de la conciencia moral de su tiempo.
Por lo tanto, comenzaré por evocar, para que me guíe, a uno de los primeros legisladores no reconocidos, un autor de relatos, un novelista, que vivió y prosperó en la década de 1920. Se llamaba Sherwood Anderson, y en la actualidad debe su fama sobre todo a un pequeño libro de relatos sobre la vida en una pequeña localidad del interior de Estados Unidos en los albores de este siglo. Winesburg, Ohio es el título de ese libro. Algunos de vosotros quizá ya lo conozcáis. En su introducción al libro Anderson expone una teoría que denomina teoría de los mamarrachos. No se trata de una teoría científica sino de una teoría histórico-poética de lo que sucede en ocasiones a las personas cuando procuran otorgar valor y sentido a su vida.

He aquí la teoría: en el mundo que nos rodea existen muchas verdades por las que vivir, y todas son hermosas: la verdad del patriotismo, la verdad de la confianza en uno mismo, etcétera. Pero a medida que las personas avanzan y tratan de hacer de sí mismas algo de provecho, se aferran a una verdad y la convierten en su verdad prevaleciente, con exclusión de todas las demás. Y lo que ocurre, dice Anderson, es que en el momento en que una persona hace eso, o sea, que aferra una verdad con excesiva fuerza, la verdad así abrazada se convierte en una mentira, y la persona se vuelve un mamarracho.

Supongamos, por ejemplo, que sois ahorrativos y trabajáis arduamente, escatimáis, ahorráis y vivís modestamente con el fin de pagaros los estudios universitarios. Vuestra austeridad es algo bueno. Pero luego, más adelante en la vida, mucho después de que ello sea necesario, seguís sacrificándoos y ahorráis y ahorráis hasta que acumular dinero se convierte en un fin en sí mismo. Vuestra austeridad se ha transformado en una mentira. Os habéis vuelto avaros. Os habéis convertido en mamarrachos. ¿Os dais cuenta del modo en que funciona? Si, por ejemplo, vuestro patriotismo os enceguece hasta el punto de no ver todas las demás verdades éticas y morales, un por amor a la patria burláis obstáculos debidamente constituidos del poder gubernamental, violáis la ley u destruís documentos, la verdad del patriotismo se ha vuelto una mentira bajo vuestro brazo y os ha convertido en un mamarracho. O bien, tomemos la verdad de la confianza en uno mismo. Es innegablemente hermosa. Fue la verdad subyacente en toda la administración del anterior presidente, Ronald Reagan: la idea de la confianza en sí mismo, el individualismo vigoroso. ¿A quién no le gustaría valerse por sí mismo, de manera independiente y trazar su propio camino en la vida? Sin embargo, la defensa que hacía Reagan de la confianza en uno mismo lo llevó a desdeñar u olvidar otras verdades: la de la comunidad, por ejemplo, y la responsabilidad moral que todos tenemos con respecto a los menos privilegiados, así como la honda verdad de la interdependencia de todos los ciudadanos de la sociedad. Y por ello resolvió, en distintas etapas de su administración, eliminar los almuerzos escolares para niños cadenciados y los prestamos de estudios; negar el asesoramiento legal a la gente pobre y la asistencia psicológica a los veteranos de la guerra de Vietnam, así como la protección de la Seguridad Social a personas minusválidas ¿Comprendéis como funciona esta teoría?

En realidad, me aventuraría a decir que mientras Reagan inculcaba su verdad particular en la mente de todos ocupa la posibilidad de que los ciudadanos y ciudadanas no quieran trabajar para su administración si se les obliga a actuar honradamente. Y es curiosos ,puesto que en un tiempo la gente se sentía muy honrada cuando se le pedía que aportara sus conocimientos para el bien del país. Existía un ideal de servicio público, y el sacrificio financiero formaba parte de ese ideal. En la actualidad, todo el mundo en Washington da por descontado que la gente está dispuesta a trabajar por su país sólo si más tarde puede sacar provecho de ello.


(..) Tengo para mí que durante los últimos años de la vida en nuestro país –más o menos en el tiempo en que estabais en el décimo grado-, hemos presenciado una regresión nacional hacia el pensamiento basado en las ideas que guiaban al barón saqueador del siglo XIX. Eso, significa, ni más ni menos, una desconstrucción de Estados Unidos, el desmantelamiento de la esclarecedora legislación social que durante medio siglo había comenzado a brindar equidad a la existencia de la clase obrera, para conseguir en parte el terrible desequilibrio de la injusticia social y echar una mano franca a los marginados, los desvalidos, los recién llegados. Hemos presenciado cómo los ideales de la invisibilidad del entorno se sacrificaban en aras de la viles exigencias del pensamiento mercantilista el cual lo único que se ha hecho para proteger el medio ambiente ha sido lo que la industria ha considerado conveniente para ella, como si sólo corriesen peligro unos cuantos pájaros cantores y algunos pobres animales estúpidos; como si sólo se tratara de los corazones sangrantes de cuatro ecologistas selváticos y no de nuestros pulmones, nuestra piel y nuestros genes, así como de la integridad y la salud de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos. Hemos conocido una nueva generación de ignorantes partidarios de las ideas innatas, convocados como si fuesen guerreros de lo primitivo libres de historietas, para hacer público el racismo y el antisemitismo encubiertos de las campañas demagógicas de los políticos conservadores de nuestro país. Y hemos presenciado, con una frecuencia cada vez más implacable, la prohibición de los libros de nuestra herencia literaria en las escuelas y bibliotecas públicas del país, como, por ejemplo, en Panama City, Florida, donde han considerado necesario eliminar obras tan peligrosas para la república como Cumbres borrascosas, Hamlet, La roja insignia del valor y, la autobiografía de Benjamín Franklin.

De manera que podemos considerar que, de hecho, hemos fracasado en nuestra época en la que al contrato social se refiere, como si en lugar de una nación justa fuésemos una confederación de estúpidos asesinos insaciables.
Así es que, en definitiva el país mismo, la idea, la virtud, la verdad de Estados Unidos, corre el peligro de tronarse un mamarracho.
Éste es algo más que quería deciros. Que hemos estado esperándoos. ¿No lo sabíais? Vuestras madres, vuestros padres, abuelas y abuelas, de hecho todas las generaciones que os anteceden os han estado observando y esperando. Porque tanto si lo sabéis como si no, aquí, en Brandeis habéis aprendido la diferencia que existe entre el pensamiento racional, el conocimiento fiel, por una parte, u los disparates intelectuales, por la otra. Y eso hace que seáis muy valiosos para nosotros, y para nuestra nación.

Y si en algún momento os ha parecido que vuestros maestros aquí presentes poseían una capacidad intelectual imponente, y yo considero que la tienen, la verdad es que ellos son itinerantes, como vosotros, han dedicado su vida a instruir a esa extraña especie tan peculiar que es el Homo Sapiens, a brindare la modesta y escasa instrucción necesaria par ala supervivencia espiritual de las generaciones que la sucederán.

Y todas las cosas tan poco prácticas que os han enseñado –unas cuantas estrofas poéticas, unas frases musicales, unas proposiciones filosóficas, así como historias antiguas, ritos y pasos de danza-, son, en realidad, tremendamente prácticas, el único medio que poseemos para defender las fronteras de una civilización que hoy se encuentra sometida a tan violento ataque.

La justificación básica de vuestra existencia reside en el hecho de que cada vida consta de un tema. Se trata de una idea literaria, el gran descubrimiento fundamental de la literatura narrativa: toda vida tiene un tema y existe la libertad humana para descubrirlo, crearla, hacerlo victorioso. Y por lo tanto, sea cual fuere el estado de la sociedad que encontréis al salir de aquí no estáis obligados a aceptar una mentiras ni a convertiros en cómplices de sus crueldades. Quizá eso sea lo que el claustro docente de la universidad intentaba deciros.
Ahora sois dueños de vosotros mismos.

Los libros que habéis reunido durante cuatro años que habéis pasado aquí constituyen un icono del ideal humanista.
Vuestras mentes brillantes, indagadoras, vivaces se hallan comprometidas en la lucha por el futuro del hombre y de una sociedad libre de extravagancias, de la estupidez y el temor.
Sí, creo que eso tal vez sea lo que quiere deciros el claustro docente de la universidad.

Quizá vosotros no os hayáis dado cuento de ello, y a nosotros nos resulte un poco embarazoso tener que decirlo, pero de buen o mal grado, e ipso facto, celebráis este día a un miembro de la civilización.

Confío en vosotros de manera absoluta. Y os felicito. Desde lo alto de este estrado tengo que deciros que os encuentro a todos hermosos. Vuestras familias, estoy seguro de ello, se sienten orgullosos de vosotros, vuestros profesores están orgullosos de vosotros, La universidad Brandeis está orgullosa de vosotros, y permitidme que os diga, como un orador itinerante que soy, que resulta que también yo me siento orgulloso de vosotros. Que Dios os bendiga a todos.


Ceremonia de fin de curso– E.L. Doctorow (1989)

En Poetas y Presidentes: Ensayos Seleccionados, 1977-92.

fotos: Sherwood Anderson y Edgar Lawrence Doctorow

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